zona permeable, SP.

Lorena traza el mapa de una zona telaraña, donde nombres de calles, sonidos, aromas, décadas, construcciones, volúmenes, materiales, texturas y colores atrapan su mirada y la ablandan. Veo como la ciudad la devora, mientras ella se devora a la ciudad y la regurgita en
bloques rectangulares de materia sensible. Me obliga a pensar la fotografía como un proceso digestivo; metabolismo circular donde no se sabe quién captura a quién, porque cazador y presa se alimentan de un mismo sistema en ouroboro. Pero también escanea la realidad como
detective: una cacería de lo sensible, de diversos puntos ciegos entre el cemento, la vegetación y el cielo, de fugas visuales donde el cuerpo deja de ser una máquina dura de movimiento perpetuo y se transforma en una esponja.

Últimamente miraba la ciudad como una megalópolis-matadero, tal vez por herencia de nuestra médula cultural. Los subtes eran tiras de embutido y las nuevas torres pos-menem, fetas de carne sobre fetas de carne, atravesadas por el hierro vertical de una máquina para hacer
kebab. Por suerte lo urbano se constituye por múltiples reinos privados con sus propias divisas mentales. Tal vez Lorena tenga algo de Moro y yo de Piranesi. Lo cierto es que me devolvió la posibilidad de pensar una permeabilidad en feed-back, que la ciudad te afecte al mismo tiempo que afectas a la ciudad. Me habló de su preocupación por la pérdida del detenerse y contemplar. Deslizó la palabra utopía, tan polvorienta, mientras pensaba en la ciudad poesía de Xul Solar, o en la de Niemeyer o Gaudi. Sus fotos preguntan por un neopaisaje, mientras te hacen flotar en el romanticismo y su sensación de lo sublime, el abismo inabarcable que provocaba la naturaleza transportado a la megalópolis.

Zona permeable, SP. es como una mamushka. Una serie compuesta por varias imágenes poéticas robadas a una ciudad ajena, pero experimentada como propia; a su vez, un mapa dentro de una serie de mapas intuidos de otras ciudades del mundo.
Es el turno de San Pablo, con su área metropolitana de 20 millones de habitantes; el mayor centro financiero de Sudamérica, el de volúmenes duros de concreto modernista, el que tiene más rejas, autos blindados y galerías de arte. Algunos la llaman la ciudad que no puede parar. Seguramente, uno de los lugares más atractivos para detenerse y contemplar, para encontrar una grieta que ablande a la ciudad monstruo.

Por Javier Villa. Septiembre 2007

Javier Villa.
Historia del Arte, UBA. Colabora como crítico de arte en el diario La Nación y la revista Los Inrockuptibles. Es curador independiente. Forma parte del colectivo Rosa Chancho. Jurado en Arteba Barrio Joven 2009.