20 centavos

Como sabemos, las estrellas son productos del Big Bang o de Dios, pero a las constelaciones las hicieron los hombresRafael Cippolini

Probablemente nos pase a todos: la cabeza divaga en un páramo confuso, una zona híbrida donde, de un segundo a otro, el aire se aclara y nos encontramos con un edificio casi construido, una constelación de varios elementos que encaja de repente. Hay ideas que se incuban durante meses y es un parto darles vida. Otras aparecen como magia: dos monedas de diez centavos dentro de una caja sellada al vacío. No entendemos cómo fue el proceso de gestación, cómo en una milésima de segundo algo complejo se manifiesta de forma cristalina. Y ese no saber acarrea una sensación excitante y poderosa, un mini-momento donde todo lo que nos rodea está ubicado. Y en el detalle mínimo -en esas dos moneditas- se encapsula un mundo. Crear es una droga de efecto corto pero adictivo. Claro, después de eso hay que encarar el proceso de apuntalar, afilar, precisar, editar, producir y comunicar, pero ese es otro baile.

No es la intención de 20 centavos, ni de este texto, abonar a la discusión sobre el proceso creativo, un tema que nos viene rompiendo la cabeza desde el comienzo de la humanidad. Ese enigma es el tesoro mejor preservado que tiene la especie y darle vueltas es tan infructuoso como innecesario. Pero cada tanto está bueno volver a esa sensación mágica de ubicuidad para recordar otra idea, que también conocemos: la sensación se produce porque el acto creativo que acontece en cada sujeto es colectivo, es comunión o combustión de diversos elementos que están flotando en un contexto. Me gustaría partir de este último axioma como base.

Pensemos a 20 centavos como un ensayo curatorial que, a partir de una estructura particular, revisa y confunde los límites entre el proyecto de un artista y una muestra colectiva, entre obras individuales puesta en relación y un solo trabajo de colaboración experimental.

El proceso comienza una noche cuando las curadoras de Proyecto Bisagra compran una caja naranja para archivar papeles. La caja viene sellada al vacío, pero al abrirla encuentran 20 centavos. Todo se desata. Ese mismo día, tres minutos antes de cerrar el local aparece una artista que no conocen, Lorena Marchetti. Toca el timbre y en el momento que están abriendo la puerta dos autos chocan en la esquina, Barack Obama asume como presidente de los Estados Unidos y nace Zhang Qiang en un hospital de Pekín: China llega a los 2.000 millones de habitantes. Todo encaja.

Marchetti les presenta Zonas Híbridas, el último proyecto que viene trabajando. Su proceso está dividido, como mínimo, en dos partes. Una primera etapa puramente fotográfica, donde la artista pasea, contempla y busca sentir algo particular sobre lo que mira. No fotografía objetos sino ese momento distintivo de ubicuidad –ella le cuenta a las curadoras que es una zona híbrida, sensible, permeable-, el momento en el cual la imagen que enfrenta y la sensación interna de que algo está aconteciendo se funden: donde un mundo complejo y en constante cambio está encapsulado en dos monedas de 10 centavos. Y una segunda etapa en la que esa fotografía se transforma en un mural a escala humana, se reconstruye a partir de un collage de fragmentos y deviene instalación; provoca en el espectador una sensación espacial y corporal desplazada e incorpora los objetos que la rodean creando una nueva constelación, otra zona sensible.

Las curadoras de Proyecto Bisagra, con una mirada precisa sobre el proyecto, deciden potenciarlo. Convocar a otros artistas bajo la idea de Marchetti para que varias obras construyan en conjunto esa nueva zona híbrida, una galaxia cuyo centro (no jerárquico…pensemos en el centro desde el cual se crea una galaxia espiralada) es el mural. No es una muestra individual con colaboradores, es una muestra colectiva con una flexibilidad amplia de lecturas. Tomando el mural como epicentro desde el que surge la constelación, podemos pensar a todo el conjunto como un solo cuerpo o podemos poner en diálogo el proyecto de cada uno de los artistas con el de Marchetti. Por ejemplo: Javier Soria Vázquez también parte de la fotografía para recrear espacios a escala 1:1; Vivi Debicki apela con el bordado a la memoria, dialogando con cierta añoranza o melancolía que puede verse en las tomas de la fotógrafa; Johanna Borchardt trabaja en video una coreografía basada en el desplazamiento, una danza de ritmos tajantes que resuena en las líneas duras del collage fotográfico que aparece en el desplazamiento que va de la toma directa al mural; y León González construye una puesta en escena con elementos cotidianos, algo presente en Marchetti, con el fin de narrar en video unas historias en clave soft-porno, naifes y pringosas.

Es importante aclarar que este punto de vista surge solamente en el proceso curatorial. El resultado permite y persigue la apertura. También es posible tomar otra obra como centro y modificar la galaxia, o a cada artista como un sistema autónomo dentro de la constelación. La mirada y las relaciones que establece cada espectador son un nuevo acto creativo: otra zona sensible, híbrida, donde ciertos elementos que están flotando bajan, se enlazan y se produce esa sensación donde todo encaja.

El proceso del artista es el mismo que el del curador y el espectador. Las estrellas están, lo que hacemos es jugar a descubrir constelaciones (para producir sentido, cambiar el mundo, sentirnos ubicados, charlar un rato o enamorarnos). Una idea melosa a la que vale la pena volver siempre.

Javier Villa. Junio 2009